- Al llegar a Ámsterdam, nos dieron unos bonitos neceseres para pasar la noche en el hotel (sí, hotel y todo, ¡yeah!) y fuera, un taxi nos esperaba para ir junto a un señor chino (hombre de negocios molón) y una chica, en la cual me estuve fijando en Madrid (no por nada perverter, que os veo venir).
El hombre, se le veía muy majete, ya que me preguntó por mi viaje y tal. Le conté el tema y me dijo que Shanghai era muy impresionante y que me iba a encantar. Por lo visto él estuvo la semana pasada. Es lo que tienen esta gente. Se mueven por el mundo como quien va de Zaragoza a Huesca los fines de semana.
Betty, mientras, estuvo hablando con la chica de... vete a saber qué (cosas de chicas, seguro... ja ja ja, es broma, no te me enfades Beatriz).
Llegamos al Ibis. Madre mía. Que bien. Después de todo el cansancio y los nervios, una cama enorme me vino como un milagro. Dormí de bien... buenooo, qué colchón, qué almohada... Si es que parece que me absorvia en su interior y me acunaba cual madre amorosa y protectora.

Al día siguiente me despertó un mensaje de David a las tantas de la madrugada. Por fín había contacto con él. Le envié un mensaje diciéndole que ibamos a llegar con un día de retraso.
Cuando volví a despertarme, ya casi era la hora del fin del turno de desayuno. Así que bajamos a toda prisa y volvimos arriba. Mientras Betty se aseaba yo comenzé a dibujar anécdotas del viaje en la camita felizmente y, como por lo visto el agua no iba, me quedo sin ducha.

Bajamos de nuevo a comer (¡pero qué gordacos! ¡Momento hobbit!) y nos volvemos a la habitación. Es una pena que tengamos tan poco tiempo y estemos tan lejos de la ciudad, porque nos habría encantado visitar un poquito Ámsterdam.
El día está nublado. Ha llovido y los cristales están perlados por la llovizna.

Por fín, nos ponemos en marcha y vamos en autobús hasta el aeropuerto donde saldremos en breves instantes...
Continuará...



















